Ciudadanos desarmados

Por: Andrés Velásquez

Ciudadanos desarmados en medio del fuego cruzado

Como hemos afirmado una y otra vez incluso hasta el hartazgo, en Venezuela convergen todos los problemas que destruyen un país, acaban con la democracia, aplastan a sus pobladores, rompen las relaciones humanas: el hambre, la pobreza, el desempleo, la desaparición del valor social del trabajo, la destrucción de las instituciones, son problemas que encaramos desde hace 22 años y que hacen invivible, insostenible la vida de todos.

Otro de esos graves problemas es la inseguridad ciudadana, la violencia reinante a lo largo y ancho del país es hoy por hoy, tal vez uno de los padecimientos más frecuentes y dolorosos en la vida de cada familia venezolana. Nadie escapa hoy de la angustia del retorno a casa a sabiendas del riesgo que se corre de perder la vida, de ser atracado y golpeado en cualquier calle, y creo que nadie puede negar o poner en duda que los índices criminales superan todo nivel de supervivencia por parte de los ciudadanos, que ante esta situación solo están con el escapulario en la mano.

Ya para nadie es un secreto que el régimen se entiende con las bandas criminales y una muestra reciente de ello es “el arreglo”, aún sin explicación por parte de Maduro y el Gral. Padrino López, con el grupo de bandidos armados en Apure; tampoco hay ninguna claridad sobre las negociaciones entabladas con los irregulares que controlan incluso con armas de guerra la Cota 905 y La Vega, o la permisividad y complicidad con el ELN y las disidencias de las FARC, en el arco minero de la muerte y en toda la región Guayana.

Esta semana escuchamos conmocionados testimonios de ciudadanos sobre cómo les ha cambiado radicalmente la vida por una violencia de la que no forman parte, que nunca vivieron en sus barrios o pueblos y que sin beberla ni comerla los coloca como víctimas del fuego cruzado producto de los acuerdos entre el régimen y las bandas criminales.

César -por ejemplo- es un joven de 20 años que nació en La Vega, su hogar como el de muchos ciudadanos del oeste de Caracas hoy es territorio incierto, marcado por la violencia, su casa desde que era niño hoy se ha convertido en el lugar de donde sale cada mañana a trabajar sin saber si al finalizar el día podrá regresar, lleva en su morral una muda de ropa “porque si se arman tiroteos no puede regresar”.

El caso de César no es aislado, muchos como él también se ven obligados en medio de la noche a salir de sus cuartos por miedo a las balaceras y buscar habitaciones internas (que preferiblemente no den hacia las calles) para evitar ser víctimas de balas perdidas.

Precisamente allí, en La Vega, el pasado lunes Yuraima Díaz Araujo, una enfermera de 48 años de edad, estando en cola para surtir de gasolina su vehículo, perdió la vida por estas llamadas balas perdidas, dejando 2 menores huérfanos y solos, también a un adulto mayor a su cargo.

Ese mismo lunes otro ciudadano, José Gregorio Belisario, de 49 años, también perdió la vida por esa violencia nunca antes vista en lugares que hasta hace unos años eran sectores populares donde la gente vivía tranquila y que hoy son prácticamente zonas de guerra (no declarada) pero de igual o peor peligro para una población civil que ni siquiera conoce “las reglas de juego” impuestas por los enfrentamientos entre bandas delincuenciales y cuerpos de seguridad del régimen.

Otro caso muy reciente es la de los habitantes de pequeñas poblaciones de Apure en la frontera venezolana, la victoria, el ripial la capilla, son pueblos apartados cuyos habitantes desde el sábado están de nuevo siendo conminados (obligados) por los grupos irregulares criminales que operan en la zona y que ejercen el control del lugar, a abandonar sus casas, porque “se viene la guerra” –cuentan los pobladores- y están siendo presionados a desplazarse de vuelta a territorio colombiano, por la violencia de la disputa por el control de esa frontera a plomo limpio.

FUNDAREDES, ha hecho seguimiento riguroso de esta situación, que a todos los venezolanos nos tiene que increpar y preocupar, porque no se trata de otro país, otro lugar, algo que está lejos de nosotros, es en Caracas y en Apure que nuestros compatriotas están siendo desplazados de sus propias casas por la violencia ejercida por grupos que actúan impunemente y que transforman la vida de muchos en una encrucijada diaria entre la vida y la muerte.

Una verdadera ruleta, en la que a cada día sale el número de uno o varios venezolanos, sin que nada pase, ante la pérdida de vidas peligrosamente impuesta y normalizada por este régimen sin que nadie escape a esta lotería de muerte en la que se han convertido los días y las noches de demasiados venezolanos.

 

No podemos seguir normalizando estas situaciones, “NO ES NORMAL”, no vivimos en burbujas, esa violencia también toca nuestras puertas y si no reaccionamos ahora, seguiremos recibiendo partes de guerra de ciudadanos desarmados que siguen muriendo en medio del fuego cruzado, sin que nada importe, con impunidad total, sin que nadie siquiera de explicaciones y peor aún sin que nadie haga nada para que termine esta guerra declarada por el régimen a los venezolanos.

Para Caraota Digital: Ciudadanos desarmados en medio del fuego cruzado.